CUEVA DE ENEBRALEJOS

Prádena, villa segoviana de larga historia e historiadas piedras, es lugar en el que los días se suceden plácidos; caen uno tras otro, como hojas del calendario. Parece este lugar poco propicio para hallar sorpresas…y, sin embargo, basta arañar un poco la tierra, apenas unos metros, para encontrar una realmente deliciosa: la cueva de Enebralejos, con sus 3.670 metros de longitud, una de las grutas con más desarrollo de todo el Sistema Central.

En el subsuelo espera medio kilómetro de viaje subterráneo con deliciosos rincones como La Pared de los Colores, donde la calcita exhibe, en combinación con otros minerales, los más variados matices: marrón de arcilla; negro de cinc; gris azulado de manganeso; amarillo de azufre y de níquel; rojo de hierro… ¿Y que decir de las rocas que semejan cascada, bandera o macarrón; las columnas gemelas que llaman las Palmeras o el aceitoso y de gualda color Huevo Frito?

Aunque en algunas estalactitas y estalagmitas se aprecia la huella de la sierra que las truncó durante el vil expolio que siguió al redescubrimiento de la cueva, el visitante encuentra siempre suficiente recompensa –en otro caso, la humedad reinante haría que muchos se sintieran defraudados por la visita y, según parecen decir las muchas solicitudes de visita, esto no parece suceder-. Así, tras recorrer una galería meandriforme, se llega a las salas de los Enterramientos –el nombre le viene de los numerosos agujeros, quizás correspondientes a enterramientos, practicados en el suelo- y del Santuario. Ambas salas son de dimensiones relativamente amplias y cuajaron en ellas bellas estalactitas y estalagmitas.

Merece la pena detener la mirada sobre las paredes del Santuario y apreciar las pinturas y grabados prehistóricos dejados allí hace miles de años. Luego, el camino continuo el corredor del Techo de las Agujas, así llamado por el gran número de formaciones del tipo denominado macarrones. Este tramo lleva al punto final del recorrido turístico, un punto donde se puede observar el lecho del río subterráneo que, en épocas de abundantes precipitaciones o tras la fusión de la nieve, quizás lleve algo de agua, aunque la verdad es que el cauce suele ir bastante corto de líquido elemento.

Para seguir hay que dominar técnicas espeleológicas –y solicitar los correspondientes permisos-. Reservadas para los expertos quedan pues algunas gateras de difícil acceso, como la conocida por el nombre de Talpa, colgada en el techo de la galería y que destaca por la variedad y belleza de sus formaciones, abundando las concreciones calcáreas y el enrejado de pequeños bastoncillos o macarrones.

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