Felipe II y el Camino de Santiago

Felipe II visitó la tumba del apóstol Santiago en el año 1554, dos años antes de ser coronado rey. El futuro monarca aprovechó, para hacer escala en Santiago de Compostela, su viaje a La Coruña. Allí tomaría un barco para viajar a Inglaterra, donde contraería matrimonio con María Tudor. Por esta razón, algunos autores consideran que Felipe II no debe ser clasificado como peregrino, ya que orar en la basílica no fue el verdadero motivo por el que Felipe II viajó a Compostela. Otras fuentes argumentan que Felipe II acudió con mucha devoción y piedad. Los defensores de esta segunda teoría argumentan que Felipe II rechazó toda clase de opulencias y comportándose como un peregrino más.

El futuro monarca permaneció en Santiago de Compostela ocho días, durante los que se hospedó en el Hospital Real. Cuentan las crónicas que, desde los balcones del edificio, presenció una corrida de toros y otros espectáculos con los que le obsequiaron. Supuestamente agradecido, hizo un donativo al hospital de 6.000 ducados. Como testimonio de su presencia, Felipe II dejó también un cuadro de oro para ser colocado en el altar de Santiago. Tras haberse confesado y tomado la comunión, Felipe II partió hacia A Coruña. Según Sánchez Cantón, los vecinos de esta ciudad decidieron festejar su llegada con el desatinado despilfarro de alfombrar con pescado fresco la calle por la que iba a pasar.

Leyes restrictivas del Camino

Felipe II fue uno de los monarcas que estableció medidas restrictivas para los peregrinos del Camino de Santiago. Con ellas pretendía controlar el flujo de personas por las vías jacobeas y combatir a los salteadores y falsos peregrinos o peregrinos gallofos, que se habían hecho muy comunes a finales de la Edad Media. Sin embargo, estas normas redundaron en perjuicio del prestigio de la peregrinación y en la fuerte reducción de la afluencia de fieles procedentes del extranjero.

Corría el año 1590, cuando Felipe II publicó una Real Cédula en la que prohibía que los habitantes del Reino de España pudieran llevar ropajes de romero o peregrino, aún cuando fuesen en romería. En su lugar, debían vestirse con el hábito cotidiano. Antes de partir, debían pedir una licencia a la justicia ordinaria del lugar de donde fuesen vecinos en la que se había de indicar el día en que la habían pedido, referencias personales y el camino derecho que tenían que seguir para que no pudieran apartarse más de cuatro leguas de la ruta para pedir limosna. De este modo se quería evitar que ser peregrino se convirtiera en una profesión lucrativa.

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