Olvera, villa blanca y árabe

En plena serranía gaditana; encrucijada de caminos entre Cádiz, Sevilla y Málaga; comarca montuosa erizada de poblaciones y lugares de nada corrientes topónimos (Zaframagón, Líjar, Zarzapardal…); tierra de transición entre las campiñas del norte y las serranías del sur… El solaz sobre el que se asienta Olvera (Cádiz), colorista y cargado de matices, tiene la peculiaridad de los lugares hechos de historia, del paso de gentes diversas y culturas múltiples.

La población se distingue ya a lo lejos, mientras se circula por una ondulada carretera que discurre enmarcada entre manchones de matorral, lomas sembradas de viejos olivos, verdes campos de cereal, baldíos de tierra rojiza… Y de pronto surge el blanco caserío, escurrido por las laderas de un roquedo, al que coronan castillo e iglesia. Cuando la visita concluya allá arriba, tras deslizar la mirada sobre el mar de roja teja y blanco tapial que es Olvera, bien podrá distinguirse una suerte de triángulo, de hechuras no en exceso regulares –sino más bien, todo lo contrario- que se ha ido adaptando a la forma misma de las rocas que le prestan suelo.

Un dicho define bien las características del lugar: Olvera es una calle, una iglesia y un castillo; pero qué calle, qué iglesia y qué castillo. Y así es. Una calle larga y empinada, que por algo lleva el nombre de Llana, sube directamente hacia el castillo. Según dicen, impresiona verla, el día del Corpus, totalmente cubierta de romero, juncias y otros adornos vegetales.

Al paso, poco costará trasladarse, con la imaginación, a la Olvera del siglo XIII, a la villa mora que llamaban Wubira. Calles estrechas, rincones estratégicos, casas de época… puro entrelazado morisco. Entonces, como hoy, el pueblo era un abigarrado conjunto de casas que se apretaba entorno a la fortaleza. Aquella vieja barriada es ahora La Villa o Barrio de la Villa, la vieja almedina de los árabes, fundadores de la localidad. Con algo de observación, es posible distinguir el trazado quasi circular del casi extinto recinto murado que se elevaba en los alrededores de la fortaleza (apenas quedan breves restos) y de la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación.

Apostado en la plaza de la Iglesia, y levantando la mirada hacia los elevados pináculos templo, uno bien puede concluir que las medidas de la construcción son algo desproporcionadas…para las 9.000 almas que habitan el lugar. ¿La explicación? Los excesos propios de la época en la que se levantó. De estilo neoclásico, fue mandada construir por el ducado de Osuna en 1822 (según parece, éste tenia una deuda con el pueblo de Olvera, al no invertir ciertos impuestos en la mejora de la villa…y parece no vio mejor manera de saldar lo debido). Las obras ducales finalizaron en 1843, dando lugar a una de las iglesias más grandes de la provincia. Sus dimensiones resultan dignas de catedral. Prueba de ello fue la ruina del ducado tras la finalización de los trabajos…Un exceso, como la propia iglesia.

No perderse

– Museo La frontera y los Castillos. Ubicado en la Casa de la Cilla, está dedicado a la Frontera en tiempos de Al Andalus y los Castillos de toda Andalucía.

-Vía Verde de la Sierra. Antigua trazo ferroviario hoy habilitado como sendero.

-Reserva Natural del Peñón de Zaframagón. Un bloque calizo que alberga la mayor colonia de buitres leonados de Andalucía.

-Cerro de la Botinera. En la vecina localidad de Algodonales, importante yacimiento arqueológico ibero-romano.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *