PUEBLOS: Uncastillo

Una de las juderías mejor conservadas de Aragón; la portada de una iglesia que viajó, de aquella manera, a un museo de Boston (EEUU); cinco villas que forman comarca… Curioso, al menos, el medieval pueblo de Uncastillo (Zaragoza) y las tierras y poblaciones que lo rodean.

Esta pequeña villa –en la que apenas mil habitantes completan su padrón–, ha sido, sucesivamente, plaza fuerte de los reinos de Navarra, Castilla y Aragón, y vigía de los pasos de la cercana sierra de Luesia. Tan rica historia queda tallada en las fachadas y aleros de un apretado caserío que festonea la ladera de un pelado y erosionado risco… pero sin atreverse a escalar hasta su cimera castrense. Bajo los tejados de pizarra de la villa, agazapados al pie del otero y techando recias casas de piedra ordenadas en estrechas callejas, aún se oye hablar de caballeros, doncellas, misterios… y de historia.

Tan escondido está, que para llegar a Uncastillo es casi obligado atravesar antes toda o casi toda la comarca. La carretera principal, que arranca de Alagón, a unos 25 kilómetros al este de Zaragoza por la autovía de Logroño, recorre el territorio cincovillés de sur a norte.

Antes de llegar, en los alrededores de Sádaba, el entorno se descubre salpicado de lagunas de carácter endorreico que, en algunos casos, han sufrido obras para aumentar su capacidad. En ellas la masa de agua, los carrizos y las aves que allí anidan alegran la visión de la estepa, así que será mejor no olvidar los prismáticos.

Y el viaje desemboca en Uncastillo

El pueblo surge de repente, acostado en la falda de pelado cerro. Atravesado por el río Riguel al poco de su nacimiento, a mitad de camino entre Ejea de los Caballeros y Sos del Rey Católico, es éste uno de esos lugares que nunca descubren todos sus secretos ni la primera, ni la segunda… ni siquiera la tercera vez que se visita. En cada nueva ocasión, el viaje revela algo que atrae la atención y sorprende. Un día son los matices de las piedras que, en paralelo al avance del día, mutan de grises a ocres; otro, un antiguo cine-teatro convertido en tienda de antigüedades y restauración de muebles antiguos… Por no hablar de las visitas que, de tanto en tanto, hace al pueblo el dibujante y humorista Peridis. Esto lo cuenta Miguel quien, asomado a la batipuerta de su casa rural, de nombre La Pastora, indica al viajero el camino para subir al castillo.

Pero antes de iniciar el ascenso hasta el edificio que es la carta de presentación de Uncastillo, ¿por qué precipitarse? Primero hemos de tener en cuenta que merece la pena instruirse sobre lo que se va a ver… y así disfrutar más del paseo. Por eso lo mejor es comenzar por la visita a la iglesia de San Miguel…hoy sede de la Fundación Uncastillo Centro del Románico.

Debe levantar el viajero la mirada hacia la cara meridional del templo… ¿no encuentra algo raro? Efectivamente, está incompleta.

Y es que, en 1915, el obispo de Jaca y el cura de Uncastillo vendieron la portada sur de la iglesia de San Miguel y posteriormente el resto del edificio por ochocientas pesetas a un anticuario barcelonés, Francis Bartellet, quien en el año 1928 la donó o vendió –hay discrepancias sobre este punto– al Museo de Bellas Artes de Boston, donde se encuentra instalada en la actualidad. El traslado a Estados Unidos se realizó en 250 cajas que pesaban 24 toneladas.

Con el tiempo, se ha tratado de paliar la falta…sin, hasta ahora, conseguirlo del todo. Los primeros trabajos de reconstrucción tuvieron que hacerse a partir de una fotografía, ya que no había dibujos, marcas o numeración que indicara la ubicación original de las piezas. En el año 1991 la fachada fue sometida a una restauración que duró cuatro años; la piedra se encontraba en muy mal estado –el duro clima del lugar había provocado profundos daños-.

Un paseo por la villa

De nuevo en la calle, el viajero siente el impulso de perderse por el pueblo, de callejear sin rumbo. Por ejemplo, llegarse hasta la plaza de la Villa y desembocar, casi sin darse cuenta, en la plaza del Mercado y descubrir, en una esquina, la vieja lonja medieval y, alrededor, una madeja de callejas que envuelven la recia ágora en forma de vieja judería. Expulsados los judíos en el verano de 1492, y rebautizado el lugar con el nombre de Barrionuevo, el rincón ha conservado su añejo espíritu hebraico en forma de largas hileras de casas de escaso fondo, viviendas con hechuras de pasadizo (llamadas gallizos) y arcos de medio punto abovedados.

Desde aquí hasta otra plaza, la que llaman de Santiago, apenas hay unos pasos. Merece la pena recorrerlos para dar con otra iglesia, la de San Martín de Torus, actual sede del Centro de Arte del Prepirineo, suerte de espacio interpretativo de las principales iglesias y ermitas de la comarca.

Concluida la visita al edificio, pronto se verá que el resto de templos locales no andan a la zaga en lo que a interés y belleza se refiere. Todos ellos levantados en el siglo XII, resultan de especial mención Santa María –bien de interés cultural y antigua colegiata, la portada sur es soberbia-; San Felices –destaca un conjunto de tallas con oficios de la época, sorprendentes por su carácter profano: un dentista, un puesto de mercado…-; y la de San Juan –así mismo bien de interés cultural, destaca una pintura mural del siglo XII-. La proliferación de lugares de culto permite que en sus fábricas estén representados los estilos arquitectónicos más frecuentes en la zona, desde el románico al renacentista, pasando por el gótico.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *