RUTAS: Cazorla, allá por el alto Guadalquivir

 

Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas o, si se prefiere, Cazorla, a secas. Así se llama este territorio serrano del norte de Jaén, éste es el solaz que, descubierto desde el castillo de Segura de la Sierra, es extenso olivar (antaño, pinares) y, algo más lejos, hacia el suroeste, angostos barrancos estrechados en formas de vertiginosa verticalidad. Es la garganta del impetuoso río Barosa. Allá abajo, a las afueras del poblado de Coto de Ríos, tranquila y blanca población de tejados puntiagudos, sumará sus aguas a las del río Guadalquivir, para, sumados, buscar el remanso del pantano del Tranco.

Conviene subir hasta el castillo de Segura de la Sierra a primera hora de la mañana. Es entonces cuando, abajo, en el pueblo, las gentes llenan de cotidianeidad calles y plazas; cuando todo huele a pan recién hecho; cuando las paredes de casas blancas; los tejados rojos; las rocas ariscas y los sillares y sillarejos del castillo lucen en sus tonos más reales. Luego, cuando el sol comience a subir no se oirá más que un silencio tan sólo roto por el canto monocorde y puro del agua que, en la gran fuente de piedra de la plaza, cómo lleva haciéndolo tantas y tantas, décadas no deja de caer.

Hacia el pantano del Tranco

Es hora de continuar. Una carreterita local, estrecha y serpenteante y deslizando entre miles de olivos de retorcidos troncos, desemboca en la carretera comarcal JV-7011. Es la carretera que, sin separarse del olivo, llega hasta Hornos, pueblo de calles estrechas y sinuosas que, desde su atalaya, se mira en el pantano del Tranco. Se ha llegado al corazón del parque. Toca buscar, junto al ayuntamiento, el Mirador del Aguilón. La vista que allí espera difícilmente dejará indiferente a nadie, el embalse del Tranco a los pies; al este, las aldeas de Hornos Viejo y La Platera; la Sierra de las Villas, cerrando el marco al sur. La paleta de tonos verdes, ocres y azules es simple delicia.

Hornos resbala por un cerro. La vida debió ser dura décadas atrás, cuando por estas cuestas, entonces de tierra, se tenía que ir con un haz de leña en la espalda, un cántaro lleno de agua sobre la cabeza o tirando de un borriquito perezoso…no, no tenía que ser fácil vivir aquí. Pero aquello pasó. Hoy en Hornos la vida transcurre plácida, agradable. Rodeado de colinas plantadas de olivo y almendro en sus partes bajas y pinos en las altas, la población parece metida en un dulce sueño en el que el tiempo parece haberse detenido. Abajo, las casas, unas techadas de teja moruna, otras de uralita; las calles acurrucadas, vestidas de blanco. La población es hermosa, uno no se cansa de mirar, de recorrer con la mirada el trazado de sus calles principales: calle Real, de Enmedio, Alta, de las Parras…

De nuevo en la ruta. Entre balidos de ovejas y aullidos de perros, Hornos queda atrás. La carretera A-319 contornea la orilla derecha del embalse. Toca detenerse en el centro de Interpretación Torre del Vinagre y hacerse con información para recorrer senderos, contratar rutas en 4×4, montar a caballo… o reservar pernocta en un alojamiento rural… ¿o, por qué no, en el Parador de Turismo de Cazorla?

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