Un guitarrero en el centro de Madrid

Manzanero, un guitarrero en Madrid

A dos pasos de Cascorro, en la castiza calle de Santa María, un pequeño comercio exhibe dos rótulos que rezan F.Manzanero y Luthier. Al escaparate, tan modesto como pulcro, se asoman tres guitarras. Merece la pena atravesar el dintel, entrar dentro. Dentro, una tienda de las que ya quedan pocas. En primer plano, un mostrador de madera y sencillos aparadores en los que se exhiben instrumentos preparados para ser vendidos. Detrás, en la trastienda, Fernando Manzanero, afamado e internacional constructor de guitarras, quizás esté componiendo una caja armónica o ensamblando unos aros de palo santo –“me llamo Félix Manzanero Cabrera”-. Así se presenta.

Sus manos, perfiladas y precisas, gesticulan lo justo, apenas para precisar una aseveración. Ordenado y metódico, cuando se le pregunta por su vida comienza, como no podía ser de otro modo, por el principio –“mi padre era ciego y tocaba la guitarra. Siempre me decía que tenía que aprender a fabricarlas… pero yo aquello lo veía muy aburrido”-. Pero el consejo paterno prendió y Félix entró a aprender ebanistería en la escuela de Artes y Oficios –“aquí mismo, en Embajadores”-. Allí el futuro luthier aprendió el oficio…y, de paso, casi pierde un dedo –“aún tengo la cicatriz”-.

Con un guitarrista en casa, Félix creció con el rasgar de unas cuerdas. Casi sin querer, fue prendiendo en él la afición –“formé una rondalla y tocábamos por ahí”-. Pero eran tiempos de posguerra y la necesidad acuciaba –“con 14 años pasé por la puerta de la guitarrería de Ramírez (un afamado luthier de la época) y leí hace falta aprendiz. Empecé cobrando dos pesetas de sueldo”-. Allí estuvo hasta los 22 años –“a los veinte me hicieron oficial”-, cuando Manzanero decidió que había llegado el momento de establecerse por su cuenta –“desde entonces estoy aquí, en el número 22 de la calle Santa Ana-.

Localizado el lugar en el que ubicar F.Manzanero. Luthier –“era una antigua fontanería”- el maestro artesano comenzó una labor profesional que, a no mucho tardar, le iba a permitir colocar sus guitarras entre las manos de algunos de los mejores guitarristas del planeta –“tengo instrumentos en Japón, Australia, Estados Unidos…Ahora mismo, trabajo ya muy poco. Sólo para determinados clientes. No todo el mundo puede permitirse comprar una guitarra de esta calidad”-. Y es que, cada encargo que realiza Félix, lleva un mes completo de trabajo –“Y hay casos especiales. Como las que construí para celebrar el 50 aniversario del taller. Comencé en diciembre y acabé en…diciembre del siguiente año. Son dos guitarras y cada una de ellas lleva 250.000 piezas. Para acabarlas me he tirado un año disfrutando a tope”-.

Ya en edad de jubilarse, el guitarrero de la calle Santa Ana tiene claro que, mientras pueda, nunca se retirará del todo –“Me encanta lo que hago…y no puede ser de otra forma. Le echas muchas horas, mucha paciencia. Por ejemplo, tengo que rebajar cada filete que llevan las cenefas (los adornos de la guitarra) hasta dejarlos como papel de fumar”-. Con paciencia y tacto, el artesano va casando los trocitos de madera para, de esta forma, ir trenzando la cenefa –“para esta labor gasto un listón de madera de ochenta metros de largo”-.

Pero Félix Manzanero tiene otra pasión. Además de construir guitarras, las colecciona –“entre laúdes, bandurrias y guitarras, tendré unos 150 instrumentos, 90 de ellos guitarras. Hasta donde sé, tengo la mayor y mejor colección del mundo”-. El maestro hizo su primera adquisición con tan sólo tenía 17 años –“me hablaron de una guitarra vieja que iban a tirar…y acabó en mis manos”-. Se trataba de un instrumento fechado en Logroño en 1854 que además, para gozo y disfrute de un coleccionista como el personaje aquí perfilado, había sido construida con una peculiaridad que le hacía especial –“por dentro no tenía barra, como suele ser habitual”-. Así, pieza a pieza, la muestra se fue ampliando con ejemplares de los siglos XVIII al XX -“la guitarra más antigua que tengo es de 1.700”-. Expuestas varias veces y esperando el ayuntamiento cumpla la eterna promesa de facilitar un local para poder exhibir, de forma permanente, los instrumentos, las guitarras que llegan a la colección pasan por los oficios restauradores del propio Manzanero –“a veces cuesta hallar en el mercado los materiales necesarios. Cuerdas de tripa, maderas…algunos materiales ya casi no se utilizan. He puesto mucho dinero en cuidar los instrumentos y, como en el extranjero están locos por comprármelas, cualquier día me cansó y las vendo. Es un bien cultural y aquí no hacen ni caso”-