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Leyenda del Txori y la Virgen

Sucedió en la ciudad de Puente la Reina, lugar en que confluyen los dos Caminos que vienen desde los Pirineos: el de Somport y el de Roncesvalles.

En el puente de los peregrinos, aquel que fue mandado edificar por la reina doña Mayor, esposa de Sancho III el Mayor de Navarra, en un lugar de difícil acceso, había una imagen de la Virgen.

En las fechas en que se celebraba algo importante para la propia ciudad o para el resto de Navarra llegaba un pajarillo que mojaba sus alitas en el río y con ellas lavaba la imagen y luego con el pico quitaba la restante porquería.

En época de la primera guerra carlista, fui llamado una mañana por el Conde de Viamanuel, general del ejército isabelino, para acompañarle en su paseo matutino. Montamos en nuestros caballos y recorrimos las calles de la ciudad. Al aproximarnos al puente románico que da nombre a la localidad, el Puente la Reina de 1834, observamos cómo una algarabía de lugareños reunidos miraba absorta la imagen de la Virgen del Puy.

Invadidos por la curiosidad, nos acercamos y descubrimos que la causa de tal admiración no era otra que la ilusión con la que el pajarito limpiaba el rostro de nuestra adorada Virgen. Resultaba todo un espectáculo observar cómo “el txori” recogía agua con su pico sin cesar y con la ayuda de sus alas quitaba con mimo las telarañas de la Virgen.

A punto estaba de unirme al inmenso júbilo de la gente, cuando escuché las estrepitosas carcajadas del conde burlándose del pájaro y de la admiración que le profesaba el pueblo. Ofendidos e indignados, los puentesinos le abuchearon y al sentir el desprecio del pueblo dio media vuelta y se alejó.

Observé que mi señor se encontraba encendido por la ira. Sin embargo, no podía dar crédito a lo que sucedió horas más tarde: el conde junto con algunos guardias, hicieron tronar sus cañones simulando que estábamos siendo atacados por el general Zumalacárregui. Al caer el sol, dio por terminada la farsa, que no había perseguido otro fin que la de vengarse de los puentesinos. Pero a pesar de sus artimañas, el conde no consiguió eliminar ni un ápice de la devoción popular.

Cuando dos semanas más tarde fue derrotado por las tropas de Zumalacárregui en las peñas de San Fausto y fusilado por las tropas tradicionalistas, los puentesinos convinieron que se trataba de un justo castigo del cielo por mofarse del querido “txori”.

Puente la Reina, Navarra.

 

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